La historia real de un Capitán de la Mercante de Santander

El protagonista de este relato es tan real como que fue antepasado mío, hermano de mi tatarabuela Cecilia, que nació hace exactamente 150 años en Santander. Un muchacho ya muy impetuoso desde joven al que sus padres, sin embargo, metieron muy pronto en el Seminario de Monte Corbán, con la esperanza de que fuera sacerdote. Un deseo que enseguida se reveló ingenuo cuando el chaval lo que quería era ser marino y además era un hombre de armas tomar, que ya a sus 17 añitos destrozó una taberna cercana a Santander en una pelea entre mozos. Y a esto siguieron aventuras cada vez más violentas, entre las cuales pronto destacan sus constantes ataques a los policías municipales y chorizos de barrio, que trabajaban en perfecta coordinación en las calles de Santander. En definitiva, la historia real de un Capitán de la Mercante de Santander, reconvertido en justiciero popular o condotiero por cuenta propia cada vez que se apeaba en un muelle.

Los desafíos y peleas a muerte de Teodosio Ruiz González son completamente reales

Los desafíos y peleas a muerte que se cuentan en el libro son completamente reales. Teodosio Ruiz González fue un auténtico guerrero que nunca se dejó doblegar ni por delincuentes ni por policías corruptos, pero tampoco por otros jugadores de cartas como él. Y todo este tipo de personajes sufrieron las consecuencias de cruzarse en su camino, tanto en La Habana como en Santander, dónde mantuvo auténticos combates incluso con armas blancas y de fuego. Así se las gastaban en el Santander de la época de los barcos de vapor. Pero sus aventuras trascendían lo meramente violento y tras las aventuras brutales empiezan las preguntas sobre este extraño personaje, cuya leyenda llegó al clímax cuando se enfrentó en un duelo a muerte con un negro enorme de los ñáñigos de La Habana.

Según el poeta marino de Santander, José del Río Sáinz, alias Pick, sus aventuras tenían siempre un espíritu romancesco y toda la juventud quería ser como él. Los estudiantes se disputaban su amistad y las mujeres, por su parte, se le disputaban como el macho alfa que era. De hecho, se conserva una hermosa carta de este poeta marino en el cual reconoce que le admiraba muchísimo, pero que no recibió ninguna atención por parte de este chulesco y aguerrido héroe de su ciudad.

¿Era Teodosio Ruiz un justiciero popular o un delincuente?


¿Era Teodosio Ruiz un camorrista o un justiciero popular? ¿Le hacían trampas a las cartas o era más bien él quien intentaba ganar a las bravas lo que no había podido ganar limpiamente? ¿Por qué verdadero motivo tuvo que dejar su oficio en el mar, donde se ganaba la vida estupendamente, para dedicarse entierra a estos follones de los que ya estamos hablando? ¿Fue la sífilis la enfermedad que le obligó a dejar su puesto de Capitán de la Marina Mercante o fue otra enfermedad u otro motivo inconfesable? ¿Cómo fue realmente su final y quién tuvo la culpa de lo que pasó? Son muchas las preguntas que intento contestarme en este libro de Los cuatro naufragios del Capitán, aunque lo hago de forma que toda su realidad se vea por los ojos del protagonista, de tal forma que no es fácil discernir en ocasiones. Además, su más que probable padecimiento de sífilis debió nublar no poco su entendimiento, hacia el final de sus días.

En el siglo XIX se creó una auténtica mafia en Santander

El Santander de su época, como pasaba en realidad en todos los puertos y ciudades, pero también hasta en los pueblos más alejados, era un coto cerrado para los caciques del lugar. Estamos hablando de los años entre 1870 y 1910, aunque la cosa venía de antes y siguió después. Un tiempo en que una casta de enterados se aprovechaban de la expansión comercial de Santander en esos años de comercio transatlántico. Por este motivo se creó una auténtica mafia en Santander que se dedicaba a todo tipo de negocios turbios. Y el héroe de este relato no estaba muy de acuerdo con nada de esto, por más que fuera él mismo ludópata y alcohólico, pero no podía tolerar que hubiera tantos excesos en la explotación del choriceo, el juego ilegal y la trata de blancas y hasta de menores. Y así fue como empezaron sus verdaderas aventuras en el puerto de Santander, precisamente cuando ya había colgado los hábitos de marino.

La historia empieza, de hecho, cuando se encuentra en esos últimos años de vida, mostrado por una terrible enfermedad que le está larvando la salud, pero también acosado por un montón de matones y sinvergüenzas que incluso le están amenazando de muerte. Y no deja de ser curioso que poco antes de su muerte recibiera seis cartas a la vez, con amenazas de muerte por parte de personas que pertenecían al submundo de la delincuencia. Anécdotas reales de las cuales está haciendo el libro de Los cuatro naufragios del Capitán, con la correspondiente investigación histórica por mi parte.

Una historia muy de actualidad: corrupción política y crimen organizado en Santander

Aunque parezca mentira, no es tan diferente el panorama actual al que tuvimos en la propia ciudad de Santander a principios del siglo pasado. Y han podido cambiar las formas, sí, pero no tanto el trasfondo social y político. Eso no ha cambiado nada. Estamos ante la misma forma de repartirse el poder entre criminales de distinto pelaje y formas, pero con un único objetivo: saquear a mansalva a la Patria, como nos advertía Unamuno hace más de 100 años.

A ver si os suena de algo. Resulta que había en la época de los vapores en Santander unas bandas organizadas de mafiosos que actuaban con una impunidad total mientras la Policía Municipal de entonces, que era extremadamente corrupta e inoperante, tan solo resolvía algunos pequeños robos. Pero nunca aparecían los importes sustraídos, algunos de los cuales eran millonarios.

Palizas en la comisaría de Santander con una porra y dos látigos

El comisario de Santander por entonces era un navarro muy fuerte llamado Narciso Tomás. Un auténtico bestia del que se decía que no sabía leer ni escribir, pero que debía tener muy buenas conexiones con los políticos, incluso a nivel nacional. No en vano está la carrera policial de este sujeto, tal y como yo la describo en el libro, con numerosas fuentes de la época que indican su barbarie y más que probable corrupción.

Sobre la Policía de Santander de principios del siglo XX cabe destacar dos cosas. Una era su increíble apetito por saquear a todo el mundo, en especial a las víctimas que consideraban más débiles. Incluso con palizas en la comisaría de Santander con una porra de madera y dos látigos, a los que ponían incluso nombres divertidos: la señorita toreraFrescuelo y Lagartijo. Nombres de la tauromaquia que se debieron aprender de memoria los vagabundos que pasaban por esos pseudo interrogatorios, en la comisaría, a base de jarabe de palo. Algo que nunca pudieron hacer con el protagonista de Los cuatro naufragios del Capitán, puesto que Teodosio Ruiz se defendía de ellos a capa y espada. Literalmente. Y le tenían miedo porque era un hombre capaz de llegar hasta las últimas consecuencias en un desafío.

Corrupción galopante que afectaba al Ayuntamiento y la Gobernación de Santander

También cabe destacar, como hemos dicho, la corrupción galopante que afectaba al Ayuntamiento y la Gobernación de Santander en la época del Machichaco. Toda una época que estuvo marcada por esa desgracia total que supuso la explosión del barco Machichaco y en la cual hasta ilustres políticos murieron, puesto que fue una masacre tremenda. Pero esto fue un accidente y los accidentes ocurren. Lo que es menos explicable es el modus operandi de las instituciones políticas y policiales del Santander de los vapores.

El auge del comercio transatlántico y nacional habían convertido a Santander en uno de los principales puertos de España, en especial por su tráfico constante con Cuba y las demás Antillas españolas y México. Un esplendor que atrajo la atención también de los delincuentes, que se entendieron muy bien con las autoridades locales para explotar sobre todo el negocio del juego, los robos de todo tipo y la trata de blancas. Tres vías de financiación ilícita que molestaban bastante al héroe del relato, Teodosio Ruiz González, el cual no dudó nunca en acusar a los responsables políticos y policiales de estas tramas organizadas.

Golpes, estocadas y desafíos a tiros en la playa del Sardinero

El sistema judicial tampoco estaba limpio de polvo y paja. Al igual que ahora, tengo la certeza de que había una Justicia para los ricos y otra para los que no lo eran tanto. Y lo que está claro es que los corruptos de entonces tenían una impunidad pareja a la que tienen ahora, mientras que las personas que nos dedicamos a denunciarles estamos con la espalda al descubierto. No en vano podemos decir que Teodosio Ruiz González fue también una víctima del sistema judicial de su época, con un récord de denuncias y procesos judiciales en los cuales siempre era él el acusado.

Entre esos antecedentes encontraremos reyertas con criminales y hasta intercambio de golpes, estocadas y desafíos a tiros en las playas del Sardinero.

Una visión sobre los raqueros mucho menos romántica: la trata de mujeres y menores en el Santander de los vapores

También hay que hablar de las víctimas. Las eternas olvidadas de todos los sucesos y de toda la corrupción y de los crímenes. Como decía el periodista Juan Ignacio Blanco, aquí parece que las víctimas no son importantes, pero yo también me niego a olvidarme de ellas. Estamos hablando de los más que probables tatarabuelos de muchos de nosotros, también, aunque ya digo que son los eternos olvidados. Mujeres dedicadas y a veces obligadas a la prostitución. Ludópatas que eran explotados como luego lo fueron los drogadictos. Y también las víctimas de lo que se llamaba la trata de blancos en Santander, que no es otra cosa que la trata de menores con fines sobre todo sexuales, aunque también había mucha explotación laboral infantil.

De hecho, mi visión sobre los raqueros es ahora mucho menos romántica de lo que quiere vendernos el Ayuntamiento y en general la cultura oficial. Porque estamos ante delincuentes juveniles que formaban bandas y que a menudo eran también abusados de todas las maneras posibles.

Floreciente comercio de prostitución en Santander

Por aquel entonces y por muchos años hubo un floreciente comercio de prostitución en Santander que yo identifico con mujeres sobre todo de procedencia no montañesa: mujeres pobres que vendrían más que nada de Galicia, localidades varias de Castilla y León y otros lugares, atraídas por la promesa de una vida mejor con trabajo digno en Santander, pero apenas llegaban se encontraban con la mafia policial de Narciso Tomás y otros delincuentes comunes. Personajes reales que encontraremos a lo largo del relato descrito en el libro: el reputado chorizo llamado Pepe Estévez, un proxeneta al que apodaban Pepita Reyes y el peor de todos, el cubano Diego Martín Veloz, alias Martinillo, que se convirtió en el verdadero Al Capone de Santander desde su feudo original en Salamanca.

Un enemigo muy a la altura de un auténtico valiente, como fue el Capitán Teodosio Ruiz, con el cual mantendrá un pulso muy complicado del cual sólo podrá quedar uno.

Para conseguir este libro, podéis escribirme a mbooralive@gmail.com y os lo envío a vuestra dirección.

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