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No sé cuántos electores de los que se dicen “partidos de izquierdas” quedan en los tendidos, talanqueras, tablaos, zarzuelas, coplas, cuadriláteros y así, hasta el infinito y más allá. Porque da toda la impresión de que los think tanks de esos que se dicen “partidos de izquierdas”, han llegado a la conclusión de que, o bien los aficionados a los toros somos directamente gilipollas -no desdeñemos en absoluto esta posibilidad-, o bien nuestros votos no valen nada -pucherazo-, o bien que entre clarines y timbales somos media docena -como bien dice el aforismo, no llegamos a llenar ni un autobús-.

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El caso es que sigue la impenitente cantinela de atacar al mundo del toro y, por extensión, a todo lo que huela a rojigualda. Las plazas de toros, aunque los incultos no lo sepan, son el único lugar donde la voluntad popular es -casi-, siempre respetada, desde tiempos inmemoriales fue así, como poco desde Cúchares. Democracia y fiesta de los toros, siempre han ido de la mano.

Pero a nuestros gobernantes, como les sale gratis, siguen a lo suyo.

Así es que, deduzco que como no cejan en su acoso, los aficionados que todavía no se habían caído del guindo de la tozudez, poco a poco van viendo la luz. Y eso a pesar que ya habíamos tenido muestras sobradas de su desdén para con la grey taurina que poblamos las plazas. Ha tenido que ser la última broma de mal gusto la que, según mis cuentas, haya terminado con los últimos restos de votantes de izquierdas. Y no es que “los que se dicen de izquierdas”, ya no sean de izquierdas, no, es algo mucho más simple, es que los que se proclaman así: “de izquierdas” (a ser posible con la voz y el rictus engolados), han perdido el norte por completo, pero ya han cumplido su penitencia y están más que hartos de predicadores. Siempre fue así, pero antes al menos sus líderes, lo disimulaban con algunas lecturas, ahora lo más intelectual que llevan en sus horcates es “El Jueves”. Háganse ustedes cuentas.

La lista de izquierdosos que han acudido a las plazas de toros, desde tiempos inmemoriales, es tan extensa, que se antoja arduo reunirlos en ningún listado, además de absurdo, no sirve para nada, absolutamente para nada. Infiero que ha sido el peso de la historia, lo que ha permitido que muchos de los nuestros, hayan seguido depositando su papeleta roja en las urnas. Desde que salió del armario toda esta caterva de incultos, que ahora pastorean las agencias de colocación en la que se han convertido, ya sin ningún rubor, los partidos políticos, me resultaría alucinante o directamente de psiquiatra, que algún aficionado a la tauromaquia en cualquiera de sus formas, vuelva a cometer el mismo error. Votarles y tirarnos piedras, son sinónimos.

Cuando digo tauromaquia, evidentemente no me refiero solamente a una corrida de toros o a una capea, hablo de literatura, filosofía, sociología y, así hasta el infinito. Vergüenza me da volver a escribir sobre esto, a dar vueltas a la misma noria, puesto que hablar con estúpidos sectarios, es cosa que dejé de hacer hace ya algún tiempo. Si lo hago otra vez, es porque el penúltimo escarnio al que nos han sometido desde la oficina del psicópata monclovita, me ha vuelto a remover las tripas.


Lo único que me consuela es que ya queda menos, porque entre la Justicia, la justicia poética y las urnas (si es que el tirano se digna ponerlas algún día), a esta infame pesadilla no le puede quedar mucho más tiempo.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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